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Volver a empezar: El día que decidí vivir...

Cuando era niña, pensaba que ser adulto sería divertido. Me parecía fascinante observar cómo ellos enfrentaban la vida diaria y desde entonces pensaba: "Cuando sea mayor, haré esto y aquello". No podía esperar para crecer y convertirme en una mujer "exitosa". No tenia idea de la magnitud de los desafios que me esperaban, ni sabía lo que ser exitosa significaba para mi.


retrato de mujer en espejo de mano circular

A medida que crecí, sin darme cuenta, asumí responsabilidades que no eran mías. Adopté roles que no me correspondían. Solucioné problemas que no eran míos y cumpliendo con las expectativas externas, hice lo que "tenia que hacer". Sin embargo, estas situaciones me proporcionaron herramientas que más adelante sentaron las bases para la vida que elegí seguir.


Aquí te comparto la lección más importante que he aprendido hasta ahora:

Cuando tu cuerpo te habla, y tu mente te grita... tú escuchas.


 

1 El inicio

Como cualquier joven independiente, recién egresada y con grandes ambiciones, creía tener el mundo a mis pies. No llevaba una vida desenfrenada, por supuesto, pero tampoco era saludable. Durante mi primer trabajo como profesionista, creía estar haciendo mi papel. Tenía una rutina: despertar, bañarme, cambiarme, esperar el transporte al trabajo (que a veces no llegaba), trabajar, comer, trabajar más, esperar el transporte a casa (que a veces no llegaba), cocinar, cenar, dormir. Los días pasaban, uno tras otro, y rápidamente me di cuenta de que estaba atrapada en una vida que no quería. Sin embargo decidí continuar, ya que eso era lo correcto, lo que tenia que hacer. Estudié una carrera por 5 años y medio, no podía retractarme ahora. Debía seguir esforzándome hasta alcanzar el éxito. Después de meses en un estado de supervivencia, entre dolores, consultas y tratamientos, mi cuerpo físico finalmente se detuvo, así que me vi obligada a tomar una decisión: renunciar.


Había fracasado. Me había fallado a mí misma, a mis padres y a las expectativas sociales. Salir de mi casa era física y mentalmente imposible. Comer se volvió un martirio. Dormir era complicado y, al mismo tiempo, era lo único que quería. Día con día me sentía cada vez más como una carga para mí misma y para las personas a mi alrededor. No podía seguir así, tirada en el sillón lamentándome de mi mala fortuna. Quería hacerle caso a mi cuerpo, quería nutrirlo y cuidarlo. Y también quería cumplir con mi papel de mujer independiente. Habían pasado ya dos meses y mi cabeza no podía siquiera considerar la opción de volver a un trabajo convencional. Pero las deudas y las responsabilidades de una vida adulta me alcanzaban.

Así que, guiada por la desesperación de estar desperdiciando mi tiempo y la necesidad de un ingreso seguro, opté por un trabajo en línea. No fue fácil soltar la etiqueta profesional que tanto me costó obtener, pero con la clara intención de darle un giro a mi vida, me levanté, me esforcé y fingí que todo estaba bien.


2

El proceso

La rutina regresó. Pero en esta ocasión, mi prioridad cambió. No estaba dispuesta a poner mi salud física en juego otra vez. Con un ingreso estable, las deudas disminuyeron. Así que pude enfocarme en nutrir mi cuerpo físico, invertí en mi alimentación y retomé un hobby, que de a poco, me regresó a mi misma. Sin embargo, aún tenía un obstáculo más que superar: salir de mi casa. Incluso las salidas más esenciales requerían de un esfuerzo sobrehumano, lo que me llevó a tomar medidas, que en ese momento, me parecieron radicales: me inscribí a clases de ballet presenciales. Me tomaba más tiempo, del que me gusta admitir, convencerme a mí misma de asistir a cada clase. Y cada vez que lograba ir, volvía a casa ligeramente esperanzada de que la situación mejoraría. Envalentonada por este pequeño logro, me encontré a mi misma aceptando más invitaciones, de las que quería y podía aceptar. Aunque no era tarea fácil, creía que si me esforzaba por complacer a la gente a mi alrededor, sería mucho más sencillo encarar estas salidas. Sería mucho más sencillo hacerles creer a ellos y a mí misma que todo iba bien. Y por un tiempo, esta estrategia funcionó.

Aunque aún era complicado comer, cada vez era un poco más sencillo verme al espejo y mantener el ánimo positivo durante el día. En las noches, seguía siendo difícil conciliar el sueño. Sin embargo, poco a poco mi vida empezaba a reordenarse.


3

El retroceso

De pronto, el mundo entero se detuvo. Las puertas se cerraron, las clases de ballet se cancelaron, y las salidas escacearon. Una parte de mí se sentía aliviada, ya no tenía que fingir. Sin embargo, perder la libertad de elegir salir de mi casa, fue la gota que derramó el vaso. Todo se volvió más dificil, más pesado y abrumador.

Nuevamente, las tareas básicas requerían el mayor de los esfuerzos. Las salidas escenciales se volvieron imposibles y las situaciones más insignificantes detonaban las peores crisis.


A pesar de estar rodeada de gente que me apoyaba, me sentía sola e incomprendida. Sentía que nadie realmente escuchaba y que todos me juzgaban. Así que decidí buscar ayuda profesional. Sabía que no sería un proceso fácil, pero nunca imaginé que sería un proceso de deconstrución tan doloroso como reconfortante. Una y otra vez, me conocí y me desconocí. Me perdí y me encontré.


4

La Ilusión

Durante un tiempo, por cada paso que daba hacia adelante, retrocedía tres. Pero no me importó, ya que al menos estaba avanzando.

Si el día era fácil, con suerte, la noche era tranquila. Si el día era difícil, la noche era mucho peor. Día con día buscaba desesperadamente algo a lo que aferrarme: Un proyecto, un hobby, una canción, una persona, una plática, una tarea. Algo que le diera sentido a mi vida.

Documentaba, agradecía y lloraba. Lloraba de tristeza y frustración. Lloraba de alivio y felicidad. Mientras mi vida personal era una gran montaña rusa, profesionalmente avancé a pasos agigantados, aunque no en la dirección que yo quería. Había alcanzado una especie de "exito", junto con un vacío enorme y una voz en mi cabeza que me pedía un cambio. Naturalmente, la ignoré y continué esforzándome y aferrándome a la vida que estaba construyendo, ya que no podía defraudar a las personas a mi alrededor otra vez.


5

La decisión

Había aguantado un año más. Sin embargo, cada día era más difícil continuar. Me había convertido en una prisionera de mis propias decisiones. Cuando finalmente acepté que mi vida no estaba alineada con lo que yo quería, fue casi imposible callar las voces en mi cabeza. Mi cuerpo se paralizaba cada vez más y mi mente no paraba de mandarme señales en forma de ansiedad y ataques de pánico. Hice todo lo que pude por cambiar mi situación pero ya no tenía ni la fuerza ni la voluntad para continuar. Cada noche me iba a dormir con el único deseo de no despertar al día siguiente. Quería rendirme. Quería detener el dolor, el sufrimiento y la decepción tan grande que sentía de mi misma. Estaba decidida a terminar con mi vida. Guardé esta información para mí, con la intención de no ser persuadida. Planeé, me preparé y luego, casi por intervención divina, escuché algo que cambió mi perspectiva.

6

La liberación

Entendí que no le tenía miedo a morir, pero sí a vivir. Me di cuenta de que yo era el común denominador de todas las situaciones que me habían llevado hasta ese punto. Así que decidí dejar de ser víctima de mis circunstancias. Redefiní lo que el éxito significa para mí y me di el permiso de vivir.

Me di el permiso de, por una vez, seguir a mi corazón y hacer todo lo que me haga amarme a mí misma y a mi vida. Dejé un trabajo que no quería, me alejé de personas que no sumaban a mi vida, dejé de preocuparme por el qué dirán y empecé a pensar en mí.

¿Es un poco ingenuo pensar de esta manera? Talvez. Pero ¿vale la pena? ¡Definitivamente!

Ya no estoy asustada; estoy emocionada por lo que está por venir.

 
Una mujer parada en un muelle viendo al horizonte

A veces, necesitamos tocar fondo para descubrir nuestra verdadera fuerza. Aprender a escucharnos a nosotros mismos y a priorizar nuestro bienestar es crucial.


No temas redefinir tu éxito y buscar aquello que te haga feliz. Al final, vivir autenticamente es la clave para encontrar la paz y la alegría en la vida.



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